Baul de los recuerdos: Los barcos de papel del río Sena

Camila López Carías


En el primer año de la universidad lleve una clase de escritura creativa y durante esta clase realizamos varias historias cortas con diferentes temáticas. Recientemente, comencé a re revisar y redescubrir estas historias que tenia guardadas en mi computadora. Entonces, se me ocurrió compartir con ustedes una de mis favoritas que se titula “Los barcos de papel del río Sena”. Esta historia nació a partir de una fotografía de Robert Doisneau titulada La dactylo du Vert Galant.

La dactylo du Vert Galant Paris, 1947

Les dejo la historia a continuación, espero les guste. ¡Hasta la próxima! 🙂

Los barcos de papel del río Sena

Sentada a la orilla del río Sena, Françoise Bareilles estaba realmente frustrada. No podía comprender como se había enamorado de una persona tan obstinada y egocéntrica. Veía a la gente pasar por la calle y recordaba cuando se sentaba en ese mismo lugar esperando, entre tanta gente, la aparición de una figura alta y delgada. Esa figura que pertenecía a el muchacho de cabello lacio, corto y negro azabache, la figura de Hugo Martin.

Hugo era el ex novio de Françoise, habían tenido una relación de ocho meses. Se habían conocido a las pocas semanas de la llegada de Françoise a Paris. Ella había venido desde Montreal a estudiar periodismo; él era un estudiante de arquitectura y, parisiense que se ofreció a darle un tour por la ciudad. Un mes después de conocerse comenzaron a ser novios.

No obstante, todo había terminado hace dos horas en una cafetería situada en el corazón de la ciudad. Françoise frecuentaba ese lugar después de clases, llevaba su máquina de escribir, se tomaba un café y observaba a las personas a su alrededor en busca de inspiración. Estaba a punto de comenzar a escribir cuando Hugo entró a la cafetería, se acercó a ella y le dijo que la acompañara a una cena con un arquitecto británico esa noche.

Françoise no tenía muchas ganas de asistir puesto que no entendía lo más mínimo de arquitectura y sabía que su única función sería ser la guapa y extranjera novia de Hugo. Le parecía una pérdida de tiempo pero, sabía que era inútil discutir porque Hugo siempre recurría a culparla de ser una mala novia por no apoyarlo. Curiosamente, para él siempre había asuntos más importantes que acompañar a Françoise a alguna conferencia.

En ese momento, Françoise se asombró del punto al que había llegado en la relación. Estaba tomando el comportamiento de Hugo como normal y , entonces, comprendió que estaba cambiando su forma de ser para complacer a Hugo. Ella no era el tipo de mujer que vivía a la sombra de otras personas y se había esforzado toda su vida para no serlo. Por eso, decidió ponerle un alto a la situación y no permitir que Hugo la usara para adornar su brazo en sociedad.

—¡Honestamente, Hugo, ya no te soporto! —dijo Françoise, interrumpiendo el discurso de Hugo sobre la cena y guardó su máquina de escribir dentro de su maletín de cuero, luego tomo su maletín y empezó a caminar hacia la salida del café.

—¿Eh? ¿A dónde vas? La cena es en dos horas. ¡No me ignores! No soy cualquier idiota, soy tu novio Fran —le respondió Hugo con un tono de fastidio mientras seguía a Françoise al contador que se encontraba contiguo a la salida del café.

—Tienes razón—, respondió Françoise casualmente mientras pagaba su café en el contador —no eres cualquier idiota—dijo, mirando fijamente a Hugo a los ojos, —eres el idiota de mi ex novio —continuó la muchacha con una sonrisa triunfante en el rostro, se puso sus gafas oscuras y giró en dirección a la puerta. —Adieu, Hugo Martin —dijo finalmente, partiendo del café. Esas fueron las últimas palabras dirigidas al que fue su novio por ocho meses, su primer amor en la ciudad de la luz y por él que había dejado su propia vida en segundo plano.

Françoise estaba segura que Hugo no la seguiría o la contactaría en un tiempo, su ego no se lo permitiría. Además, estaba más interesado por la cena más que por cualquier otra cosa. Al final, iría sin ella e inventaría alguna excusa de por qué fue solo.

Ahora se encontraba a la orilla del río Sena, en el Square du Vert Galant en Paris. Había logrado llegar hasta ese lugar tan soñado durante su juventud, y con el cual aún muchos no hacen más que soñar. Era realmente privilegiada y ahora podía disfrutarlo al máximo porque se sentía más liviana y libre, sin una relación complicada que la preocupara.

A pesar de sentirse frustrada, Françoise no sentía remordimiento por lo que había hecho esa tarde, ni por cómo había dejado botado a su ex novio en aquel café. Sin embargo, tampoco sentía rencor hacía él ya que habían vivido momentos muy lindos juntos. Lo único que Françoise quería era disfrutar su vida en Paris, ser feliz por su cuenta y hacer lo que quisiera sin importarle la opinión de los demás.

Entonces, Françoise tuvo una idea. Ahí donde estaba, sentada sobre la calle de piedra, recostada sobre el muro y a la orilla del río Sena, sacó su máquina de escribir del maletín y comenzó a mecanografiar. Escribió sobre su historia con Hugo, describió su primer encuentro, sus picnics al pie de la Torre Eiffel, sus idas al cine y sus animadas pláticas en los bistrós de regreso de la universidad.

Todos estos momentos venían a su mente en forma de fotografías, de canciones e, incluso, de perfumes. Cuando terminó de escribir, tomó cada una de las hojas de papel y comenzó a doblarlas hasta formar pequeños barcos de papel. Después, se acerco a la orilla del río y los colocó en el agua. Los vio alejarse lentamente, guiados por la corriente, hasta que el último de los barcos salió de su vista. Y, así, junto con esos barcos, Françoise dejo ir su relación con Hugo y se propuso seguir adelante con su vida.


 

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